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CM trabaja en el Departamento de RR.
HH. de una gran empresa y nos cuenta una
experiencia reciente con una recién
licenciada.
Uno de los aspectos curiosos de trabajar
en RR.HH. en general y en selección
en particular, es la cantidad de cosas sorprendentes
que ocurren y que darían la posibilidad
de escribir un libro recopilatorio de anécdotas
y situaciones vividas.
Hace poco, me sucedió una que creo,
es una lección de puntos para esta
nueva generación de recién
titulados, que son tema en muchas conversaciones
con mis colegas, tanto del área de
RR.HH. como de áreas funcionales
de las empresas, por la tremenda diferencia
que observamos entre éstos y los
de hace 10 años. ¿Por qué
será que en los titulados de hoy
en día se observa un menor espíritu
de sacrificio y una menor voluntad de demostrar
su valía? Probablemente porque muchos
entienden que “terminar una carrera”
es terminar la carrera por el empleo cuando
en realidad es el punto de partida de la
carrera de verdad, la del mundo profesional,
que en última instancia es la que
deberíamos querer ganar cuando estudiamos.
Este hecho está convirtiendo en más
difícil y ardua la función
de los profesionales de la selección
pero, por suerte, no ocurre con todos los
nuevos titulados. El hecho que relato a
continuación es una muestra de ello…
Para quienes no queremos disfrutar todo
el periodo vacaciones en el mes de agosto,
los días de trabajo de ese mes son
un excelente momento para poner al día
temas pendientes a los que la vorágine
de julio nos ha obligado a relegar y para
desarrollar nuevos conceptos y proyectos
que queramos iniciar en el departamento
con el curso escolar. Unos días en
los que el tiempo cunde muchísimo
más, sin llamadas de teléfono
ni urgencias diarias.
Era miércoles por la tarde, oigo
llamar a la puerta y, al estar sola en el
departamento –mi equipo sólo
comparte en parte mi idea del trabajo en
agosto- digo “adelante”. Antes
de que me haya dado cuenta, una chica entra
hasta mi despacho. Se queda de pie, me da
la mano y se presenta: “Perdone que
la moleste, mi nombre es Ana López
y acabo de terminar mis estudios de farmacia.
Conozco su empresa desde siempre y me gustaría
trabajar aquí”. Lo primero
que pienso es: “¿cómo
ha podido entrar esta chica hasta mi despacho
sin que ni el servicio de vigilancia ni
en recepción me informaran de ello?”
Parece una tontería pero es un hecho
inquietante después de los casos
de agresiones a directores de RR.HH que
se oyen en televisión… Ella
sigue mirándome de pie, con una carpeta
en la mano, nerviosa mientras yo cavilo.
Reacciono y la invito a que se siente. Vuelve
a pedirme disculpas por interrumpirme en
mi trabajo, me dice que le gustaría
presentar su candidatura y que le explicara
cómo es un proceso de selección
en nuestra compañía y a qué
tipo de puestos podría optar. Cualquier
otro mes del año, no habría
podido dedicarle más de 2 minutos
–a parte de que alguien la hubiera
detenido antes de que llegara a mi despacho-
pero estamos en agosto. Hace ademán
de entregarme su candidatura, pulcramente
presentada en una carpeta, en la que se
transparenta una carta de presentación,
y por el espesor de la carpeta, diría
que también el expediente académico
además del CV. Le explico que nuestra
compañía trabaja paperless
en la gestión curricular, siendo
imprescindible introducir el CV online para
aplicar a cualquiera de nuestras posiciones.
Me contesta que ya ha introducido su candidatura
en nuestra web –algo que comprobaré
cuando se marche- pero como candidatura
espontánea al no haber encontrado
ninguna vacante adecuada a su perfil –agosto
no es un mes fuerte en procesos de selección-
.
Le cuento cómo es un proceso de
selección estándar en la compañía
y los puestos que se adecuan a su perfil
académico, tanto en nuestro centro
de trabajo como en otros centros de trabajo
de la compañía, que, para
mi sorpresa, ella conoce. Se nota que “ha
hecho los deberes” y ha navegado por
nuestra página web.
Aprovecho para hacerle una “mini
entrevista” aunque ya no lleve yo
esos temas en primera persona. Me cuenta
que acaba de terminar sus estudios de farmacia
en julio (“a curso por año”
añade), que compatibilizó
con unas prácticas como analista
en un laboratorio durante el último
curso que considera una experiencia muy
positiva y que le ha despertado el interés
por el área de control de calidad.
Eso además de las prácticas
obligatorias de la carrera. “¿Qué
tal tu nivel de inglés?” le
pregunto. No se asusta ¡se esperaba
la pregunta! “Bien, tengo el First
Certificate y ahora estoy dando clases de
conversación que es lo que las empresas
buscan realmente” me responde. La
conversación dura 10 minutos tras
los que mi impresión es muy positiva.
“Estoy segura de que llegarás
a donde te propongas” le digo. Vuelve
a intentar entregarme su candidatura y le
repito lo mismo. Además yo no llevo
estos temas directamente y si realmente
ha introducido su CV en nuestra base de
datos, recibirá alertas cada vez
que haya una vacante que se adecue a su
perfil. “Sí, pero a veces hay
vacantes para sustituciones para las que
necesitáis una solución rápida
y yo estaría dispuesta a trabajar
también con contratos de interinidad”.
Tiene razón: a veces, una baja inesperada,
te obliga a cubrir el puesto por la vía
de urgencia y a recurrir a la búsqueda
en la base de datos o a la contratación
de antiguos becarios más que al anuncio.
“De acuerdo. Hacemos una cosa: yo
me voy a apuntar en una nota electrónica
tu nombre y apellidos y si hubiera alguna
baja que cubrir, te llamaríamos”.
La candidata es buena… y es lista.
También consigue que le dé
mi tarjeta de visita (¡con mi número
directo!) para poder preguntarme más
detalles por los puestos que puedan ir surgiendo
antes de solicitar un puesto para el que
no dé el perfil. Y vuelve a tener
razón: no hay nada peor que ver un
candidato que ha enviado su solicitud de
forma indiscriminada a todas las vacantes
publicadas (¡¡¡como si
un vendedor fuera lo mismo que un coordinador
clínico y que un técnico de
producción!!!).
Se la ve radiante: no me extraña,
ha cumplido el objetivo que se había
marcado. A pesar de que estamos en agosto,
o precisamente por eso. A pesar de que no
ha hablado con el técnico de RR.HH
, aunque sí con la jefa del técnico
de RR.HH. A pesar de que no hay vacantes
en agosto, pero las habrá en septiembre,
ella ya ha sembrado, y todo esto mientras
el resto de compañeros de promoción
están tumbados en playas o piscinas
pensando que se pondrán a buscar
a partir de septiembre -lo cual generalmente
significa que en septiembre se pondrán
a hacer el CV y mandarán candidaturas
en octubre- o peor, que a partir de septiembre
se pondrán a estudiar inglés.
Se vuelve a disculpar por haberme interrumpido
y se despide. Le regalo un par de artículos
promocionales de la compañía.
Siempre he sido de la opinión que
hay que premiar el valor y el ingenio, aunque
el mayor premio sea que se ha diferenciado
del resto de recién titulados y que
me acordaré y de lo que pasó
y de su nombre gracias a las notas electrónicas.
En cuanto sale de mi despacho, lo primero
que hago es buscarla en nuestra base de
datos. Efectivamente, hacía unas
semanas que había introducido su
CV en nuestra web. Probablemente pensó
que esperar sentada a que la llamáramos
no era suficiente. Lo segundo que hago es
hablar con recepción para saber por
qué no me habían avisado.
Me explica que la chica se cruzó
con una persona del servicio de limpieza
a la que conocía y que él
la acompañó directamente al
departamento de RR.HH. Probablemente sabía
antes de venir que yo estaba aquí
gracias a su “contacto”. No
sé con cuántos colegas míos
de otras empresas habrá conseguido
dar en agosto o si lo habrá intentado.
No sé el impacto que habrá
tenido en ellos; hay gente a la que no le
gusta ser importunada con visitas no concertadas.
Sería una situación ingestionable
que todos los candidatos se presentaran
sin avisar a la puerta de la empresa para
hablar con alguien de RR.HH. Pero al final,
como son pocos los que se toman la molestia
de hacerlo, lo que consiguen es diferenciarse
del resto.
¡¡Envíanos
tu historia de éxito!!
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